Mil lenguas.
Al comienzo habrán sido dos hombres en una calle del suburbio. O la necesidad de pasar un secreto y guardarlo de modo que el otro no pueda entenderlo. O una frase mal dicha, pero oída y después cambiada. O el deseo de nombrar algo con otro nombre porque la palabra que lo nombraba no servía o no alcanzaba.
Los orígenes y las razones pueden haber sido éstos o muchos otros. Lo más seguro es que hayan sido varios y que después las palabras y las expresiones se confundieran; que después formaran ese lenguaje marginal que no figuraba en los libros pero sí en las palabras de todos los días. Con el paso del tiempo los eruditos las aceptarían y serían moneda corriente en el comercio lingüístico de nuestra tierra. Después de todo, el lenguaje está en la calle y no en las páginas de los diccionarios y las enciclopedias.
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